jueves, 12 de marzo de 2026

TOA - 5to. Domingo de Cuaresma - Yo soy Resurrección y Vida - Jn 11,1-45

La peor desgracia de un desplazado es morir lejos del paisaje familiar, de la tierra y suelo patrio. 
Duele más cuando los seres queridos muere en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre extraños. 

Yahvé habla por la voz del profeta Ezequiel y consuela al pueblo sufriente.
A los desterrados en Babilonia les reafirma
que los ha llamado a una existencia totalmente nueva.
El Espíritu de Yahvé reconstruirá su realidad, los pondrá de pie,
caminará con ellos en sus sueños y proyectos
y les dará la paz y la grandeza solo porque los ama demasiado.

Por ese amor, Yahvé abrirá los sepulcros de Israel y dará una nueva vida. 
Es una “resurrección” que deja atrás el destierro.
Es la esperanza hecha realidad con el retorno a su tierra. Este es un mensaje actual para muchos de nuestros pueblos que hoy para poner las esperanzas en Yahvé
y caminar del sufrimiento al gozo. El mensaje es un regalo que nos fortalece y anima.

La carta de Pablo a los romanos, es considerada su testamento espiritual.
El fragmento de hoy se relaciona con la 1ª lectura:
los cristianos tenemos el Espíritu que el Señor prometió desde los tiempos del exilio. 

Ya no somos de la “carne”: el pecado, el egoísmo estéril, o la codicia desenfrenada.
Somos del Espíritu y vivimos: en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio,
como Cristo, para eso Él nos dio su Espíritu plenamente, sin medida. 
Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios, cada día.

El evangelio presenta en la resurrección de Lázaro[1] (“Dios le ayuda”),
el último de los siete “signos” realizados por Jesús,
para manifestar “la gloria de Dios”.
Con su vida y obras, Jesús nos revela al Padre.
Su fe es confiada, lo muestra en la oración que dirige al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”. Sabe que el Padre está con él y no le defrauda,
manifiesta esta confianza aun antes de hacer el signo.  
Según Juan, antes de enfrentarse a la muerte,
Jesús se manifiesta como Señor de la vida,
declara en público que Él es la resurrección y la vida,
que los muertos por la fe en Él revivirán,
que los vivos que crean en Él no morirán para siempre. 
La fe de los discípulos, pasa por un proceso de crecimiento. Lo muestra en los diálogos que tienen Jesús con   los doce y Martha y María.
Por su palabra y su propia fe en el Padre, Jesús los va conduciendo de una fe imperfecta a una fe más sólida y fuerte.
 La fe de Marta[2] y María[3] es más limitada, ellas lo reconocen y lo lamentan,
pero Jesús las lleva desde su limitación hacia una fe mayor. 

Marta sabe que su hermano resucitará al final de los tiempos;
pero Jesús rompe todas sus creencias al revelarle que ya es una experiencia real, presente y que actúa por medio de él:
“Yo soy la resurrección y la vida”. 
Esa experiencia presente y actuante se da en todos los que crean en él:
“El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. 
Jesús ayuda a Marta a dar el gran salto de fe cuando le pregunta: “¿Crees esto?”. 

En su respuesta: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. 
Juan pone en sus labios otra gran confesión de fe, su fe mayor. 
Resucitando a Lázaro, Jesús revela que “el don de Dios” sobrepasa los cálculos humanos, 
actúa incluso cuando ya no hay esperanza (“Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto”).  

Este “signo” culminante de Jesús derrama la gota que rompe la paciencia de los enemigos de Jesús, y
 por este milagro deciden matar a Jesús.
Quizá por eso se usa esta lectura el último domingo antes de la semana santa. 
Este hecho, anticipa y completa el signo máximo que es la resurrección de Jesús. 
Para nosotros “vivir es morir”, cada día que vivimos es un día que morimos, 
un día menos de vida, un día más de nuestra vida que termina. 

Confesando nuestra fe en Jesús nos hacemos sus discípulos y a todo discípulo que cree en Él,
le sucede hoy lo que le sucedió a Lázaro, encontramos vida nueva una y otra vez,
no hay que esperar al final de los tiempos para resucitar. 
La fe cristiana es un camino de vida y esperanza donde el Espíritu Santo, desde el bautismo,
nos identifica con Cristo que nos ha sacado de nuestras tumbas para que vivamos ya ahora como resucitados,
a pesar de no saber o no poder expresar bien aquello en lo que “creemos”. 
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Oración
Dios, Padre Universal,
a Ti que desde siempre inspiras en los seres humanos
el deseo de felicidad plena que triunfe
incluso sobre la muerte y que sea “eterna”;
te pedimos humildemente que nos ayudes a ser coherentes
con esta fuerza interior que habita en nosotros
y a procurar la felicidad con los medios más honestos
y por el camino que sea más beneficioso para nosotros y para quienes nos rodean.
En unión con todos los hombres y mujeres de todas las religiones,
nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
¡Amén!
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[1] Nombre derivado de Eleazar, (El=Yahvé y  Azar= ayuda) "Aquel al que Dios Ayuda" o "Aquel al que Dios socorre". Lázaro era amigo íntimo de Jesús que iba a su casa a descansar cuando viajaba a Jerusalén. Vivía con sus hermanas, Martha y María de Betania. Según el evangelio de San Juan, Jesús resucita a Lázaro después de 4 días de muerto. La tradición lo sitúa predicando hasta ser obispo de Marsella. Su Santo es el 17 de Diciembre.
[2] Marta, nombre femenino de origen arameo, que significa "señora". El evangelio describe a una Marta activa, comparada con el carácter más reposado de María. A Marta se la ve esperando al Señor y preparando las cosas que más le agradan; en la cena en Betania, Marta es quien sirve la mesa 6 días antes de la Pascua y en la resurrección de Lázaro Marta sale corriendo al encuentro de Jesús. Patrona de los hosteleros, lavanderos, escultores y del hogar. Su Santo se celebra el 29 de julio.
[3] María, nombre femenino de origen hebreo "maryam", su significado es "eminencia, excelsa, altura". 
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Lecturas en Lenguaje Latinoamericano para el Domingo 5º de Cuaresma, Ciclo A
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Ezequiel 37,12-14: Les infundiré, mi espíritu, y vivirán
Así dice el Señor: "Yo mismo abriré sus sepulcros,
y los haré salir de sus sepulcros, pueblo mío, y los traeré a la tierra de Israel. 
Y, cuando abra sus sepulcros y los saque de sus sepulcros, pueblo mío,
sabrán que soy el Señor. 
Les infundiré mi espíritu, y vivirán; los colocaré en su tierra
y sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago." Oráculo del Señor.
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Salmo responsorial 129: 
Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

 Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón, así infundes respeto. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra;
mi alma guarda al Señor, más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

 Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa;
y él redimirá a Israel de todos sus delitos. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

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Rom 8, 8-11:
El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. 
Pero ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.  
Pues bien, si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. 
Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes,
el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales,
por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
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Juan 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida
En aquel tiempo, Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo." 
Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella." 
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. 
Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea."

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
[Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros;
y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María,
para darles el pésame por su hermano.] 

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús,
salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá."
 
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará." 
Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día." 
Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida:
el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;
y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" 
Ella le contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo."

Jesús, sollozó y, muy conmovido, preguntó: "¿Donde lo han enterrado?"
Le contestaron: "Señor, ven a verlo." Jesús se echó a llorar. 
Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" 
Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?"
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quiten la losa." 
Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días." 
Jesús le dice: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" 

Entonces quitaron la losa. 
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; 
pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado." 
Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera." 
El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: "Desátenlo y deéjenlo andar." 
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
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domingo, 1 de marzo de 2026

TOA - 4to. Domingo de Cuaresma, Volvio a ver - Juan 9, 1-41

1Samuel 16, 1b.6-7.10-13ª: David es ungido rey de Israel
Saber quién era enviado por Dios y hacía su voluntad es un problema antiguo.
Muchos tenían habilidades físicas, astucia, sabiduría o profunda religiosidad
y no era fácil saber quién quería liderar solo por poder.

En la primera lectura vemos al profeta Samuel, movido por el Espíritu de Dios,
buscando un líder para guiar al pueblo y enfrentar a los filisteos.
Elige a Saúl, un muchacho de buena familia y de buen aspecto físico.
Los hebreos lo apoyan de inmediato, pero pronto se convirtió en un tirano insoportable.
Sus constantes cambios de conducta atentan contra la seguridad Hebrea,
Samuel lo pensó solucionar ungiendo un nuevo rey.
La unción profética legitimaba la acción de un nuevo líder ‘salvador’ del pueblo
y era común la idea de que el ‘líder salvador’ debía designarlo un profeta reconocido.
La unción de los caudillos de Israel se volvió un símbolo de esperanza
en un futuro mejor, acorde con los planes de Dios.

Juan 9, 1-41: Fue, se lavó, y volvió con vista
En tiempos de Jesús, el pueblo de Dios de Palestina se preguntó lo mismo:
¿cómo saber si Jesús era ungido del Señor?
Jesús conoció a Juan Bautista, retomó su predicación,
pero se dudaba de él por su origen humilde,
su modo tan diferente de interpretar la ley
y su poca conexión con el templo y sus rituales.
Por sus prejuicios culturales y sociales,
muchos no lo aceptan como un profeta ungido del Señor.
La comunidad cristiana proclamó la legitimidad de la misión de Jesús
diciendo que solo quien conoce la obra del Nazareno,
su gran amor por la vida, su dedicación a los pobres,
su predicación del reinado de Dios; lo reconoce como el “ungido”,
el “Mesías” (en hebreo), o el “Cristo” (en griego).

Las enfermedades y limitaciones físicas, eran una terrible marca social y religiosa, por eso, las ‘señales y prodigios’ de Jesús
entre la gente pobre causaban gran impacto y la envidia de sus opositores.
Algunos veían en sus sanaciones la labor de un curandero.
Sus discípulos, en cambio, comprendían todo su valor liberador y salvífico,
no remediaba solo las limitaciones humanas, sino devolvía toda la dignidad a la persona.

Quien recupera la visión descubre que su problema
no era un castigo de Dios por los pecados de sus antepasados, ni una prueba del destino.
Pasa de la desesperación a la fe y descubre en Jesús al profeta, al ungido del Señor.
El problema no era su limitación visual, sino la terrible carga de desprecio que la cultura le imponía.
Jesús lo libera del peso de la marginación social y lo lleva hacia una comunidad
que lo aceptan por lo que él es. Lo libra de las etiquetas que los prejuicios sociales le habían impuesto.

Este pasaje del evangelio de gran belleza literaria, relata un drama entre: los vecinos, el ciego limosnero,
los fariseos piadosos y cumplidores de la ley, las altas autoridades religiosas judías del tiempo de Jesús,
los padres del ciego y el ciego que es el centro. Juan enfatiza la ceguera especial de las autoridades religiosas
para admitir el milagro de Jesús. Los más lúcidos resultan los más ciegos.
¿Se parece en algo a nuestras autoridades, a nosotros?

No creen que un simple hombre como Jesús pueda obrar esas maravillas, menos en sábado,
día sagrado de descanso obligatorio para los fariseos; y menos aún obrado a un ciego pobretón y limosnero
de una de las puertas de la ciudad. Los vecinos, los fariseos, los jefes del templo acosan al ciego que ahora ve.
Jesús lo busca y se solidariza con el ex ciego expulsado de la sinagoga.


En este nuevo encuentro con Jesús el ciego “ve plenamente”, no sólo la luz,
sino la «gloria» de Dios. Reconoce en él al Hijo de Dios, al enviado definitivo,
el Señor digno de ser adorado. Jesús trae un mensaje nuevo,
amoroso y justo: enjuicia al mundo y lo pone al revés:
los que veían no ven, y los que no veían ven.
¿Y qué es lo que hay que ver? A Jesús. Él es la luz que ilumina.

Es una “confesión de fe”, lleno de gozo y de amor. Jesús ha venido a “abrir un juicio”.
Su vida y su testimonio nos emplazan y desafían a mostrarlo en nuestra vida,
sin fanatismos ni exclusivismos farisaicos,
seguros que la misma manifestación de Dios se da en otros lugares,
en otras religiones, a través de tantos otros mediadores,
con la misma alegría, el mismo amor y el mismo convencimiento.
Jesús devuelve la condición humana al ciego, lo incluye en el nuevo Reino,
también lo hace con nosotros cuando lo buscamos, cuando nos dejamos encontrar,
cuando queremos verle presente en los demás.
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Oración:
Tú, Señor, que nos abres los ojos para que descubramos
la hermosura de la creación y la grandeza de tu amor,
ayúdanos a colaborar contigo para que todas las personas
puedan alegrarse en su vida al ver tu luz.
Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
Amén
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Lecturas En lenguaje Latinoamericano para el 4º Domingo de Cuaresma, ciclo A
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1Samuel 16, 1b.6-7.10-13ª: David es ungido rey de Israel
En aquellos días, el Señor le dijo a Samuel: "Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey." Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: "Seguro, el Señor tiene delante a su ungido." Pero el Señor le dijo: "No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón." Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: "Tampoco a éstos los ha elegido el Señor." Luego preguntó a Jesé: "¿Se acabaron los muchachos?" Jesé respondió: "Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas." Samuel dijo: "Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue." Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: "Anda, úngelo, porque es éste." Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.
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Salmo responsorial 22: "Versión de Nico Montero" - España (Interpreta, Leo Barraza - Lima).

El Señor es mi Pastor, Interpreta: Leo Barraza
Para escuchar, haga click en la imagen
El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.
El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.
En praderas reposa mi alma, en su agua descansa mi sed
EL me guía por senderos justos, por amor, por amor a su nombre.
Aunque pase por valles oscuros, ningún mal, ningún mal temeré,
porque se que EL Señor va conmigo, su cayado sostiene mi fe.

El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.

El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.
Tu preparas por una mesa ante mí, frente a aquellos que buscan mi mal;
con aceite me ungiste Señor, y mi copa rebosa de TI.
Gloria a Dios, Padre omnipotente, y su Hijo, Jesús EL Señor
y al Espíritu que habita en el mundo, por los siglos eternos, Amén.

El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.
El Señor es mi pastor, nada me falta: EL Señor es mi pastor.

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Efesios 5, 8-14: Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz
Hermanos: en otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor.
Pórtense como hijos de la luz, con bondad, con justicia y según la verdad,
pues ésos son los frutos de la luz. Busquen lo que agrada al Señor.


No tomen parte en las obras de las tinieblas,
donde no hay nada que cosechar; al contrario, denúncienlas.
S
ólo decir lo que esa gente hace a escondidas da vergüenza;
pero al ser denunciado por la luz se vuelve claro, y lo que se ha aclarado llegará incluso a ser luz.
Por eso se dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y la luz de Cristo brillará sobre ti.»

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Juan 9, 1-41: Fue, se lavó, y volvió con vista
En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
"Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado."
Él fue, se lavó, y volvió con vista.
Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
"¿No es ése el que se sentaba a pedir?"
Unos decían: "El mismo." Otros decían: "No es él, pero se le parece."
Él respondía: "Soy yo."


Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.
Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: "Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo."
Algunos de los fariseos comentaban:
"Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado."
Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?" Y estaban divididos.
Y volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?"
Él contestó: "Que es un profeta."


Le replicaron:
"desdichado, naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?" Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?"
Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que crea en él?"
Jesús les dijo: "Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es."
Él dijo: "Creo, señor."
Y se postró ante él.
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