La Cuaresma subraya el "tiempo" que debemos dedicar para rehacer nuestra vida cristiana. Durante este tiempo nos sumergimos en el itinerario de Dios que nos invita a confiar, a estar más cerca de Él, y el deseo nuestro de estar más cerca de Él.
La cuaresma y de manera especial las lecturas de esta segunda semana subrayan la condición salvadora del misterio pascual.
En este itinerario, la iniciativa pertenece a Dios. Es Yahvé quien invita a Abraham a comenzar un nuevo tiempo en un nuevo lugar, es Yahvé quien presenta a su hijo amado y pide que lo escuchen, es Yahvé que por medio de su hijo nos invita a ser uno con él, a fundirnos en él a gozarlo eternamente, a participar de su gloria.En el salmo 72 encontramos la súplica serena que une los dos aspectos del itinerario: el amor de Dios que acompaña a la persona en su itinerario de búsqueda, y la acción de Dios hacia el hombre que lo libera de la muerte, renovando nuestra esperanza.
La transfiguración del Señor está estrechamente vinculada al misterio de la pasión-resurrección, no es una compensación que Jesús da a sus amigos y discípulos luego del anuncio de su pasión.
En la transfiguración, los discípulos descubren que Jesús no es simplemente un hombre común; es el Hijo de Dios a quien hay que escuchar, porque el Padre lo ha enviado para revelarnos que nos ama.
Si sólo fuera un hombre, su vida-mensaje acabaría con una muerte injusta; pero porque es el Hijo, esta muerte es un acto supremo de fidelidad al Padre, la expresión del amor divino-humano que salva a la humanidad.
En nuestro camino de renovación Cristiana, a la pregunta: ¿Qué sentido tiene la penitencia cristiana para mí? la respuesta es que Dios por su acción amorosa quiere hacer crecer en nosotros nuestra condición de hijos de Dios. Esa es la "gloria" que llevamos "escondida" en nuestra vida mortal. Esta condición nuestra crecerá si potenciamos nuestra comunión con el Hijo, por la Palabra y los sacramentos y la acción en favor del otro. Esto lo reafirmamos hermosamente en la liturgia de hoy, especialmente en la oración colecta, el el prefacio I de Cuaresma y la oración después de la comunión.
Yo no soy flor nacida para todos los vientos
Yo no soy pluma suelta de destinos y acasos
arrojada a los aires cual despojo maldito.
Yo he nacido a la sombra de un mandato infinito,
de un misterio fecundo,
donde en letras de estrellas mi sendero está escrito.
Yo he venido a la vida con un nombre bendito.
Yo no soy hospiciano de las patrias del mundo.
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En aquellos días,
el Señor dijo a Abrán: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo."
Abrán marchó, como le había dicho el señor.
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Salmo responsorial: Salmo 32:
La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
R./ Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
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Segunda Lectura: 2 Timoteo 1, 8b-10: Dios nos llama y nos ilumina
Querido hermano:
Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos,
sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo;
y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo,
que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.
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Evangelio: Mateo 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo
a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan
y se los llevó aparte a una montaña alta.
Se transfiguró delante de ellos,
y su rostro resplandecía como el sol,
y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
Y se les aparecieron Moisés y Elías
conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
"Señor, ¡qué bien se está aquí!
Si quieres, haré tres tiendas: una para ti,
otra para Moisés y otra para Elías."
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía:
"Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo."
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no teman."
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:
"No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."





















