Jesús es alimento viviente enviado desde arriba para nosotros.
La presencia eucarística de Cristo es pan y es vino, uno de los elementos más comunes de la comida y la bebida en su tiempo.
El Señor se hace presente entre nosotros en las cosas cotidianas.
El vino comienza como un racimo de uvas que, procesadas, terminan en lo que llamamos vino.
Cuando un grupo de personas se reúne para orar, cada una de ellas es única, pero, después de un proceso que es obra del Espíritu de Dios,
se convierten en una unidad, que llamamos iglesia, o el Cuerpo de Cristo.
En comunión, el Cuerpo (de la comunidad) de Cristo se nutre del Cuerpo (sacramental) de Cristo.
Ya lo decía San Columbano: "Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.
_______________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________
Y el pueblo contestó a una voz: “Haremos todo lo que dice el Señor”.
Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor.
Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas,
en representación de las doce tribus de Israel.
Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor.
Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.
Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió:
“Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor”.
Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo:
“Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de la salvación, e invocaré el nombre del Señor.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
A los ojos del Señor es muy penoso que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado, A mí, tu esclavo e hijo de tu esclava.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
Te ofreceré con gratitud un sacrificio e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor ante todo su pueblo.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
penetró una sola vez y para siempre en el “lugar santísimo”,
a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación.
No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.
cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior,
¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo,
ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios,
y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!
Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza,
para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.
Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.
Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.
Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.
Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.
Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.
Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.
Ésta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.
Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.
En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.
Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.
Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.
Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas si las vemos con fe,
entrarán al corazón.
Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.
Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.
Quien lo come no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.
Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.
Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.
A los malos les da muerte
y a los buenos des da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!
Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.
Cuando parten lo exterior
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.
*El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!
Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.
Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.
Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo.
Amén.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los
judíos:
"Yo soy el pan vivo que ha bajado
del cielo;
el que coma de este pan vivirá para
siempre.
Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida".
Entonces los judíos se pusieron a
discutir entre sí:
"¿Cómo puede éste darnos a comer su
carne?"
Jesús les dijo: "Yo les aseguro:
Si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre,
no podrán tener vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre,
tiene vida eterna
y yo lo resucitaré el último día.
Mi carne es verdadera comida y mi sangre
es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí y yo en él.
Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y
yo vivo por él,
así también el que me come vivirá por
mí.
Éste es el pan que ha bajado del cielo;
no es como el maná que comieron sus
padres, pues murieron.
El que come de este pan vivirá para siempre".
S. Palabra del Señor
T.
Gloria a Ti, Señor Jesús
En la Didaché encontramos un testimonio explícito sobre la Eucaristía
donde insinúa implícitamente al exigir que sólo puedan acceder a ella los bautizados por ser un alimento sagrado.
“Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera: Primeramente, sobre el cáliz:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Luego, sobre el fragmento:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno,
así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.
Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.
Que nadie, empero, coma ni beba de tu acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor,
pues acerca de ello dijo el Señor: No den lo santo a los perros” (Didaché 9,1-4)
En la Didaché vemos que los primeros cristianos veían la Eucaristía como el sacrificio puro y perfecto profetizado por el profeta Malaquías
“Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar
se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.” (Malaquías 1,11).
“Reunidos cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, …
Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor:
En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor,
y mi Nombre es admirable entre las naciones.” (Didaché 14,1-3)
Cristo no se “resacrifica” en cada Misa,
el único sacrificio de Cristo es presentado a Dios Padre en cada Eucaristía,
y por eso en el Catecismo oficial de la Iglesia Católica se enseña que
“actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador”(CEC 1330) y no que lo “repite”.
_______________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________
San Columbano - Sobre la Eucaristía
«Queridos hermanos, si su alma tiene sed de la fuente divina de la que les voy a hablar, aticen esta sed y no la apaguen. Beban pero sin hartarse. Porque la fuente viva nos llama, la fuente de vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí y beba. ¿Beber qué? Escúchenle. El profeta les lo dice, la misma fuente lo declara: Me han abandonado a mí, que soy la fuente de vida, dice el Señor (Jr 2, 13). El mismo Señor, Jesucristo nuestro Señor, es la fuente de vida, y por eso nos invita para que lo bebamos. Lo bebe el que lo ama; lo bebe el que se sacia con la Palabra de Dios, la ama y la desea; lo bebe el que arde de amor por la sabiduría...
_______________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________













