domingo, 31 de mayo de 2026

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo - Su presencia entre nosotros - Jn 6, 51-58

 Jesús es alimento viviente enviado desde arriba para nosotros.

A diferencia de la comida ordinaria, que sostiene la vida corporal, esta comida da una vida que es eterna. Desde la zarza ardiente hasta la suave brisa, Dios ha dado a conocer su presencia entre nosotros desde el comienzo de los tiempos.

La presencia eucarística de Cristo es pan y es vino, uno de los elementos más comunes de la comida y la bebida en su tiempo.
El Señor se hace presente entre nosotros en las cosas cotidianas.

El pan proviene de unas semillas de trigo mezcladas con agua, que después de hechas masa y varias etapas de desarrollo, terminan como una unidad que llamamos pan.

El vino comienza como un racimo de uvas que, procesadas, terminan en lo que llamamos vino.

Cuando un grupo de personas se reúne para orar, cada una de ellas es única, pero, después de un proceso que es obra del Espíritu de Dios,
se convierten en una unidad, que llamamos iglesia, o el Cuerpo de Cristo.
En comunión, el Cuerpo (de la comunidad) de Cristo se nutre del Cuerpo (sacramental) de Cristo.

Si alguien nos invitara a acercarnos lo más cerca que podamos para escuchar algo que quiere susurrarnos ocurriría que cuanto más te acercas a la fuente de sonido, más cerca estarás el uno del otro, hasta tocar un hombro con el otro. Es de este mismo modo como se forma la comunidad o el Cuerpo de Cristo. El proceso de acercar a las personas al Señor  da como resultado directo que las personas terminan siendo más cercanas entre sí.

En la historia, Dios ha hablado a su gente sorprendentemente. Habló a Elías desde la suave brisa, le habló a Moisés desde la zarza ardiente. Al nacer Jesús, los pobladores de  Belén ni se enteraron ni se entusiasmaron con el nacimiento de un nuevo bebé. Más tarde, Herodes se burlaría de Jesús tomándolo de tonto, también los soldados se burlaban del "rey". Después de la resurrección, María Magdalena lo confundió con el jardinero, Pedro pensó que era un fantasma, y ​​los discípulos en el camino a Emaús pensaron que era un viajero extraño cualquiera. Que él se presente en una forma tan simple como comida y bebida es justo lo que podríamos esperar de "El Dios de las sorpresas".

Ya lo decía San Columbano: "Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

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TOB -Lecturas en Lenguaje Latinoamericano - Fiesta del Corpus Cristi
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Primera lectura: Ex 24, 3-8
En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado.
Y el pueblo contestó a una voz: “Haremos todo lo que dice el Señor”.

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor.
Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas,
en representación de las doce tribus de Israel.

Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor.
Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.

Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió:
“Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor”.

Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo:
“Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.

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Salmo Responsorial: Salmo 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 (13)
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de la salvación, e invocaré el nombre del Señor.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
A los ojos del Señor es muy penoso que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado, A mí, tu esclavo e hijo de tu esclava.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.
Te ofreceré con gratitud un sacrificio e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor ante todo su pueblo.
R/. Levantaré el cáliz de la salvación.

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Segunda lectura: Heb 9, 11-15
Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos,
penetró una sola vez y para siempre en el “lugar santísimo”,
a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación.
No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.

Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera,
cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior,
¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo,
ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios,
y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!

Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva.
Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza,
para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.

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Secuencia
Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.

Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.

Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.

Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.

Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.

Ésta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.

Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.

En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.

Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.

Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.

Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas si las vemos con fe,
entrarán al corazón.

Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.

Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.

Quien lo come no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.

Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.

Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.

A los malos les da muerte
y a los buenos des da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!

Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.

Cuando parten lo exterior
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.

*El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!

Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.

Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.

Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo.
Amén.
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Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51
R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor; el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.

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Evangelio: Juan 6, 51-58.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida".

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí:
"¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"

Jesús les dijo: "Yo les aseguro:
Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre,
no podrán tener vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna
y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.
Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él,
así también el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo;
no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron.

El que come de este pan vivirá para siempre".

S. Palabra del Señor
T. Gloria a Ti, Señor Jesús

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Notas: La celebración de la Eucaristía en la Didaché
En la Didaché encontramos un testimonio explícito sobre la Eucaristía
donde insinúa implícitamente al exigir que sólo puedan acceder a ella los bautizados por ser un alimento sagrado.

“Respecto a la acción de gracias, daréis gracias de esta manera: Primeramente, sobre el cáliz:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Luego, sobre el fragmento:
Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo.
A ti sea la gloria por los siglos.
Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno,
así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino.
Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente.
Que nadie, empero, coma ni beba de tu acción de gracias, sino los bautizados en el nombre del Señor,
pues acerca de ello dijo el Señor: No den lo santo a los perros”
(Didaché 9,1-4)

En la Didaché vemos que los primeros cristianos veían la Eucaristía como el sacrificio puro y perfecto profetizado por el profeta Malaquías
“Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar
se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura.”
(Malaquías 1,11).

“Reunidos cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, …
Porque éste es el sacrificio del que dijo el Señor:
En todo lugar y en todo tiempo se me ofrece un sacrificio puro, porque yo soy rey grande, dice el Señor,
y mi Nombre es admirable entre las naciones.”
(Didaché 14,1-3)

Cristo no se “resacrifica” en cada Misa,
el único sacrificio de Cristo es presentado a Dios Padre en cada Eucaristía,
y por eso en el Catecismo oficial de la Iglesia Católica se enseña que
“actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador”(CEC 1330) y no que lo “repite”.

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San Columbano - Sobre la Eucaristía

«Queridos hermanos, si su alma tiene sed de la fuente divina de la que les voy a hablar, aticen esta sed y no la apaguen. Beban pero sin hartarse. Porque la fuente viva nos llama, la fuente de vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí y beba. ¿Beber qué? Escúchenle. El profeta les lo dice, la misma fuente lo declara: Me han abandonado a mí, que soy la fuente de vida, dice el Señor (Jr 2, 13). El mismo Señor, Jesucristo nuestro Señor, es la fuente de vida, y por eso nos invita para que lo bebamos. Lo bebe el que lo ama; lo bebe el que se sacia con la Palabra de Dios, la ama y la desea; lo bebe el que arde de amor por la sabiduría...

Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.
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TOA - 10mo Domingo - Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo - La Mesa de la Amistad

Dt 8,2-3.14b-16ª: Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres.
Salmo responsorial 147: Glorifica al Señor, Jerusalén.
1Cor 10,16-17: El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo.
Jn 6,51-58: Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
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Sentarse juntos para una comida
puede generar un sentimiento especial de unión.
Cada uno de nosotros tendrá sus propios recuerdos
de compañía o compañerismo en la mesa.
Muchos de estos serán experiencias felices de celebración y risas,
de amor recibido y compartido.

Algunos recuerdos de la comunión en la mesa pueden ser tristes,
cuando somos más conscientes de alguien que está ausente
que de los que están presentes.
Jesús compartió mesa muchas veces con sus discípulos.
Es probable que, al compartir comida con sus discípulos,
también compartiera con ellos su visión del reino de Dios.

En la mesa, los discípulos bebieron algo de la mente, el corazón y el espíritu de Jesús.
De todas las comidas que compartió con ellos, la comida que permaneció en su memoria
más que ninguna otra fue su última comida juntos, lo que se conoció como la última cena.
El evangelio de hoy nos da el relato de Marcos, su cuadro de palabras, de esa última cena.

Esta última comida que Jesús compartió con sus discípulos
se destacó en su memoria, capturando la imaginación
de generaciones de discípulos hasta nosotros mismos.
Hizo más que compartir su visión con los discípulos;
se los dio de una forma que nunca antes había hecho,
y de una manera que anticipaba la muerte,
moriría por ellos y por todos, al día siguiente.
Al entregarse en forma de pan y vino de la comida,
se declaraba a sí mismo como su comida y bebida.
Al pedirles que tomaran y comieran, que tomaran y bebieran,
les estaba pidiendo que se pusieran de pie con él,
que se entreguen a él como él se estaba entregando a ellos.

Fue a causa de esa cena y de lo que sucedió allí que estamos aquí en esta iglesia hoy.
Jesús pretendía que su última cena fuera un comienzo más que un fin.
Fue la primera Eucaristía.
Desde esa comida, la iglesia se ha reunido regularmente en su nombre,
para hacer y decir lo que hizo y dijo en la última cena: tomar pan y vino,
bendecir a ambos, partir el pan y dar ambos para que los discípulos coman y beban.

Jesús continúa entregándose como comida y bebida a sus seguidores.
También continúa exponiendo a sus seguidores que tomen su posición con él,
que tomen todo lo que defiende, viviendo según sus valores,
caminando en su camino, incluso si eso significa la cruz.
Cada vez que venimos a misa y recibimos la Eucaristía,
estamos haciendo una serie de declaraciones importantes.
Reconocemos a Jesús como nuestro pan de vida,
como el único que puede satisfacer nuestras ansias más profundas.

También estamos declarando que echaremos nuestra suerte con él, por así decirlo,
que seguiremos su camino y seremos fieles a él toda nuestra vida,
en respuesta a su fidelidad hacia nosotros.
En ese sentido, celebrar la Eucaristía no es algo que hagamos a la ligera.
Nuestra familiaridad con la Misa y la frecuencia con la que la celebramos
pueden opacar nuestros sentidos al pleno significado de lo que estamos haciendo.
Cada vez que nos reunimos para la Eucaristía,
nos encontramos una vez más en ese aposento alto con los primeros discípulos,
y la última cena con todo lo que significa está presente nuevamente para nosotros.

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Lecturas para la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi)

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Primera lectura: Deut 8, 2-3. 14-16.
En aquel tiempo, habló Moisés al pueblo y le dijo:
"Recuerda el camino que el Señor, tu Dios,
te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto,
para afligirte, para ponerte a prueba
y conocer si ibas a guardar sus mandamientos o no.

Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná,
que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre,
sino también de toda palabra que sale de la boca de Dios.

No sea que te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto y de la esclavitud;
que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes;
que en una tierra árida hizo brotar para ti agua de la roca más dura,
y que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres".

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Salmo Responsorial: Salmo 147, 12-13. 14-15. 19-20 (12ª)

Glorifica al Señor, Jerusalén;
a Dios ríndele honores, Israel.
El refuerza el cerrojo de tus puertas
y bendice a tus hijos en tu casa.
R. Bendito sea el Señor.

El mantiene la paz en tus fronteras,
con su trigo mejor sacia tu hambre.
El envía a la tierra su mensaje
y su palabra corre velozmente.
R. Bendito sea el Señor.

Le muestra a Jacob sus pensamientos.
sus normas y designios a Israel.
No ha hecho nada igual con ningún pueblo
ni le ha confiado a otro sus proyectos.
R. Bendito sea el Señor.
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Segunda lectura: 1 Co 10, 16-17
Hermanos: El cáliz de la bendición con el que damos gracias,
¿no nos une a Cristo por medio de su sangre?
Y el pan que partimos, ¿no nos une a Cristo por medio de su cuerpo?
El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.
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Aclamación antes del Evangelio: Jn 6, 51

R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.
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Evangelio: Jn 6, 51-58.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida".


Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí:
"¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"

Jesús les dijo: "Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.
Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él,
así también el que me come vivirá por mí.

Éste es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron.
El que come de este pan vivirá para siempre".

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ORACIÓN 

Señor Jesús, que partiste y repartiste 
tu pan, tu vino, tu cuerpo y tu sangre, 
durante toda tu vida, 
y en la víspera de tu muerte 
lo hiciste también simbólicamente.

Te pedimos que cada vez que nosotros 
lo hagamos también "en memoria tuya" 
renovemos nuestra decisión 
de seguir partiendo y repartiendo, 
como tú, en la vida diaria, 
nuestro pan y nuestro vino, 
nuestro cuerpo y nuestra sangre, 
todo lo que somos y poseemos. 

Te lo pedimos a ti, que nos diste ejemplo 
para que nosotros hagamos lo mismo. 

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Mi Cuerpo es Comida

Mis manos, esas manos y Tus manos 
hacemos este Gesto, compartida 
la mesa y el destino, como hermanos.

Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.  

Unidos en el pan los muchos granos, 
iremos aprendiendo a ser la unida 
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.  

Comiéndote sabremos ser comida, 
El vino de sus venas nos provoca. 

El pan que ellos no tienen nos convoca 
a ser Contigo el pan de cada día.

Llamados por la luz de Tu memoria, 
marchamos hacia el Reino haciendo Historia, 
fraterna y subversiva Eucaristía. 
(Pedro Casaldáliga)

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Reflexión Alternativa - Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi)
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Hoy proclamamos a Jesús, Pan de vida, el que sacia nuestro hambre en nuestros desiertos, nos da en su cuerpo el maná verdadero, regalo de su Padre para la humanidad. Todos los demás panes (dinero, sexo, consumismo, fama, el poder...) no saciarán nunca en plenitud la hambre del corazón humano, en cambio nos dejan con más hambre. 

La palabra y los gestos de Jesús, su propuesta de Reino y su Alianza con nosotros nos abre un mundo solidario y lleno de posibilidades para compartir y donde nadie pase necesidad. 

Antes de entrar a la tierra prometida, Moisés da al pueblo tres grandes y solemnes discursos registrados en el Deuteronomio, lo que algunos llaman el "testamento de Moisés", por sus últimas palabras, llenas de unción y de una espiritualidad profunda. 

Moisés invoca el pasado para dar sentido al presente de cada generación. Al decir "recuerda" nos dice que recordar es hacer memoria, conectarse con el pasado glorioso, ser parte de la historia de fe, o de la salvación. Dios se hace presente en la historia de este pueblo y ha estado presente en todos sus momentos alegres y tristes, nunca los ha abandonado. Las pruebas sufridas en el desierto (que simboliza la fe pura) fueron necesarias para madurar, para confiar, para vivir solo de Yahvé, sin apoyos humanos. El hambre, los confronta con su necesidad básica y los prepara para descubrir su fe, su confianza en el Dios que los sacia plenamente. Más tarde, cuando se hicieron prósperos y consumistas el pueblo se olvidó de Yahveh. La hablarles, Moisés les recuerda que: "no sólo de pan vive el ser humano sino de cuanto sale de la boca de Dios", y ya desde entonces el ayuno toma su sentido profundo. Mateo retoma este verso en las tentaciones de Jesús. 

Pablo advierte sobre los peligros de una comunidad dividida. Abre el verdadero sentido comunitario de la Eucaristía y les da algunas aplicaciones prácticas para gozarla. Afirma que el Cáliz, el Pan...debe "unirnos" a todos, en la sangre, en el cuerpo de Cristo. En Espíritu y en verdad, todos estamos unidos en la Eucaristía en el cuerpo y la sangre de Cristo, estamos en comunión (común - unión) entre todos y con Él. Bebiendo el Cáliz, comiendo el Pan, damos el verdadero sentido a la fe comprometida por la unidad, la fraternidad, el amor, la solidaridad, la entrega, a los hermanos y hermanas en Cristo. Si no hay unidad, nuestras Eucaristías son vacías de sentido, se hacen un mero rito religioso personalista. Pablo nunca enseñó a su comunidad a celebrarla de ese modo. El Apóstol les “recuerda” que "aunque nosotros somos muchos, el Pan es uno", pero que al comulgar "nos hacemos un solo cuerpo". La unidad en la universalidad, tiene una gran actualidad. Este “cuerpo unido" expresa la dimensión sacramental de la Iglesia que en la diversidad de razas y culturas hace visible al Cristo total. 

En el capítulo 6, San Juan expone su "discurso eucarístico". La expresión"vivirá para siempre", está presente al comienzo y al final de los versos 51-59 que usamos como la lectura Dominical. Jesús se auto-revela al decir: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Antes los judíos no entendieron, tampoco muchos de nosotros lo hacemos hoy. Es necesario tener fe para entender este gran misterio. Aún explicado por el mismo Jesús, sin fe es imposible captar el sentido de sus palabras y su alcance para nuestras vidas. Solo desde la fe, podemos afirmar en verdad que Jesús es el Pan de Vida, el que ha venido de arriba, desde Dios, a este mundo limitado e insaciable, para saciar las hambrunas profundas del corazón humano. Sacia nuestras insatisfacciones; el cansancio de la vida, el sin sentido, los anhelos del corazón. En este Pan de vida nos da un remedio saludable. Cambia el lugar de nuestras soledades y aislamientos en habitación de comunión de vida. El creyente ya no vive para sí mismo, es consagrado, poseído por una presencia que lo transforma y le hace eterno y le da sentido pleno a su existencia. Este Evangelio relaciona esta comida especial, única y sin precedentes, con el sacrificio de Jesús: En ella comemos su cuerpo, bebemos su sangre. Al comulgar el cuerpo y la sangre de Cristo no solo lo recibimos, nos identificamos, nos unimos, y sobre todo nos capacitamos para dar, ofrecer, entregar una vida digna, semejante a aquel a quien comulgamos. 
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Reflexión Alternativa - Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi)
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 Jesús es alimento viviente enviado desde arriba para nosotros.

A diferencia de la comida ordinaria, que sostiene la vida corporal, esta comida da una vida que es eterna. Desde la zarza ardiente hasta la suave brisa, Dios ha dado a conocer su presencia entre nosotros desde el comienzo de los tiempos.

La presencia eucarística de Cristo es pan y es vino, uno de los elementos más comunes de la comida y la bebida en su tiempo.
El Señor se hace presente entre nosotros en las cosas cotidianas.

El pan proviene de unas semillas de trigo mezcladas con agua, que después de hechas masa y varias etapas de desarrollo, terminan como una unidad que llamamos pan.

El vino comienza como un racimo de uvas que, procesadas, terminan en lo que llamamos vino.

Cuando un grupo de personas se reúne para orar, cada una de ellas es única, pero, después de un proceso que es obra del Espíritu de Dios,
se convierten en una unidad, que llamamos iglesia, o el Cuerpo de Cristo.
En comunión, el Cuerpo (de la comunidad) de Cristo se nutre del Cuerpo (sacramental) de Cristo.

Si alguien nos invitara a acercarnos lo más cerca que podamos para escuchar algo que quiere susurrarnos ocurriría que cuanto más te acercas a la fuente de sonido, más cerca estarás el uno del otro, hasta tocar un hombro con el otro. Es de este mismo modo como se forma la comunidad o el Cuerpo de Cristo. El proceso de acercar a las personas al Señor  da como resultado directo que las personas terminan siendo más cercanas entre sí.

En la historia, Dios ha hablado a su gente sorprendentemente. Habló a Elías desde la suave brisa, le habló a Moisés desde la zarza ardiente. Al nacer Jesús, los pobladores de  Belén ni se enteraron ni se entusiasmaron con el nacimiento de un nuevo bebé. Más tarde, Herodes se burlaría de Jesús tomándolo de tonto, también los soldados se burlaban del "rey". Después de la resurrección, María Magdalena lo confundió con el jardinero, Pedro pensó que era un fantasma, y ​​los discípulos en el camino a Emaús pensaron que era un viajero extraño cualquiera. Que él se presente en una forma tan simple como comida y bebida es justo lo que podríamos esperar de "El Dios de las sorpresas".

Ya lo decía San Columbano: "Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

TOA - 9no Domingo - Fiesta de la Santísima Trinidad -La plenitud del amor -Jn 3, 16-18

Gran parte del debate en el siglo XX se centró
en el pensamiento de tres figuras destacadas,
Charles Darwin, Sigmund Freud y Karl Marx.
La teoría de la evolución de Charles Darwin fue recibida con burla
por las iglesias establecidas, y tuvo que luchar duro por su reconocimiento.
Sigmund Freud abrió el universo de las actitudes inconscientes
y todo lo remitía al pasado de la persona.
Las teorías socialistas de Karl Marx llegaron a dominar la mitad del planeta
e influyeron mucho en la otra mitad.
De los tres, solo Darwin y su teoría de la evolución permanecen intactos.
Lo que pasó en el Bloque del Este ha desacreditado mucho a Marx.
Las teorías Freudianas, hoy son cada vez más criticadas como incompletas.

La Santísima Trinidad, cuya fiesta celebramos hoy,
está fuera del alcance del tiempo
y del entendimiento del razonamiento humano.
Es un misterio de nuestra fe.
Solo podemos hurgar en la oscuridad en busca de destellos de luz.

"Dos es compañía, tres es multitud" es una expresión popular.
El evangelio lo define y describe de otra manera.
Allí, la figura tres simboliza la integridad y la simetría perfecta,
y reaparece en todos los momentos clave de la historia de Cristo.
Su vida misma reflejaba constantemente la Trinidad.
Tres figuras conforman el belén de Belén:
la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
Sus primeros visitantes fueron los tres reyes magos.
Más tarde, en el desierto preparándose para comenzar su vida pública, Jesús fue tentado tres veces por el diablo.

Una buena historia debe tener un comienzo, un medio y un final.
Cristo fue un narrador de historias por excelencia
y tres figuras prominentes en sus parábolas.
El hijo pródigo se trata de un padre y sus dos hijos;
el buen samaritano cuenta el comportamiento de tres transeúntes, el sacerdote, el levita y el samaritano;
El sembrador sembró su semilla en tres tipos diferentes de terreno,
produciendo tres niveles diferentes de cosecha.

El final de su vida, como principio, vuelve a tener los tres motivos.
Durante su Pasión, Pedro lo negó tres veces.
En el camino al Calvario, se cayó tres veces.
La escena de la crucifixión tiene tres figuras, Cristo entre dos ladrones.
Antes de su resurrección, pasó tres días en la tumba.

 Dios es amor. Su acción es entrega y donación libre y misericordiosa.
Hay tres personas en la Trinidad, el Padre el Hijo y el Espíritu Santo.
Juntos representan la plenitud del amor.
El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre.
El Espíritu Santo es su amor mutuo.
Estamos hechos a imagen de un Dios trino.
Dios el Padre, quien nos creó, su Hijo que nos salvó
y el Espíritu Santo que continúa guiándonos.
Nuestras vidas deberían reflejar la Trinidad.
Siempre debemos ser creativos como el Padre, compasivos como su Hijo
y disponer de nuestros talentos al servicio de otros como el Espíritu Santo.

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Lectura Bíblica en lenguaje Latinoamericano - Solemnidad de la Santísima Trinidad
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Primera lectura: Ex 34, 4b-6. 8-9
En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí,
llevando en la mano las dos tablas de piedra, como le había mandado el Señor.
El Señor descendió en una nube y se le hizo presente.

Moisés pronunció entonces el nombre del Señor,
y el Señor, pasando delante de él, proclamó:
"Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel".

 Al instante, Moisés se postró en tierra y lo adoró, diciendo:
"Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate venir ahora con nosotros,
aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y pecados,
y tómanos como cosa tuya".
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Salmo Responsorial: Daniel 3, 52. 53. 54. 55. 56 (52b)

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres:
Bendito tu nombre santo y glorioso.
R. Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito seas en el templo santo y glorioso.
Bendito seas en el trono de tu reino.
R. Bendito seas, Señor, para siempre.

Bendito eres tú, Señor,
que penetras con tu mirada los abismos
y te sientas en un trono rodeado de querubines.
Bendito seas, Señor, en la bóveda del cielo.
R. Bendito seas, Señor, para siempre.
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Segunda Lectura: 2 Co 13, 11-13
Hermanos: Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente,
vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense los unos a los otros con el saludo de paz.
Los saludan todos los fieles.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre
y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes.
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Aclamación antes del Evangelio: Cfr. Apoc. 1, 8
R. Aleluya, aleluya.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá.
R. Aleluya.
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Evangelio: Jn 3, 16-18
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único,
para que todo el que crea en él no perezca,
sino que tenga la vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salvara por él.
El que cree en él no será condenado;
pero el que no cree ya está condenado,
por no haber creído en el Hijo único de Dios".


Ga 4, 6
Como son hijos, Dios envió a sus corazones
al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! Padre.

TOA - 8vo Domingo - Fiesta de Pentecostés - Jn 20,19-23

Celebramos hoy la fiesta solemne de Pentecostés cincuenta días después de la Pascua. 
Fiesta del Espíritu Santo y la «inauguración» de la misión de la Iglesia.

Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Salmo responsorial 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra
1Cor 12,3b-7.12-13:
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Jn 20,19-23: Reciban el Espíritu Santo


La primera lectura de los Hechos es una construcción de San Lucas
que quiere explicar la razón por la que los discípulos, como Jesucristo, tienen el poder para hacer las maravillas que ellos hacen.

Para eso, Lucas recoge la «fiesta de las semanas» del antiguo Israel
que celebraba la conmemoración de la llegada del pueblo al Sinaí
donde Yahvé le entrega las tablas de la Ley a Moisés
en medio de truenos relámpagos y viento huracanado. 

Los elementos simbólicos del Sinaí y de Pentecostés,
son elementos simbólicos de gran resonancia cósmica
donde se que manifiestan la intervención renovadora de Dios
en la historia humana.

En su carta a los Corintios, Pablo resalta la acción del Espíritu
en la vida de los creyentes y en la construcción de la Comunidad eclesial.

El Espíritu une la misión de la Iglesia a la misión de Jesús. 

Pablo sabe de las divisiones al interior de esta comunidad,
por eso insiste que los dones, los carismas,
los ministerios y los servicios vienen de un mismo Espíritu.
Dice que todos los carismas, dones y ministerios
están en función del crecimiento de la Iglesia. 

La acción del Espíritu cualifica la misión de la Iglesia en el mundo 
y no sólo para la santificación individual. 

En el Evangelio, Juan presenta dos escenas contrastantes.
1) Los discípulos encerrados en una casa, llenos de miedo y al anochecer.
2) Jesús que entra, les comunica la paz, les muestra sus heridas como signo de su presencia real, 
    los llenan de alegría y les comunica el Espíritu que los hace listos para la misión.

Jesús cambia su miedo, oscuridad, encierro y aislamiento en: paz, alegría y envío misionero.  El Espíritu con su acción misteriosa transforma al creyente y a la comunidad. Hace que la Resurrección, ascensión, irrupción del Espíritu y la misión eclesial se muestren íntimamente articuladas.

Estos no son momentos aislados e indivuduales son momentos  grupales, simultáneos, progresivos y dinamizadores en la comunidad creyente.

Jesús promete a sus discípulos que pronto regresará, que nos les dejará solos y ¡cumple! Les dijo que el Espíritu Santo de Dios les ayudará a entender todo lo que él les anunció y ¡eso sucede! 

Al soplar sobre ellos como Dios sopló para crear al ser humano, Jesús les comunica el Espíritu que todo lo crea y lo hace nuevo.
Ellos son las personas nuevas de la creación restaurada por la entrega amorosa de Jesús. 

- Con la irrupción del Espíritu Santo en la historia humana comienza una nueva forma de experimentar a Dios.
- Pentecostés es el comienzo de la etapa definitiva en la historia de la salvación.
- Es el comienzo de la predicación del evangelio por parte de la Iglesia apostólica. 
- El Espíritu empuja la Iglesia más allá de las fronteras geográficas, sociales y culturales y todos entienden el mensaje 
   en su propia lengua. Todos los pueblos hasta entonces conocidos indican que el mensaje evangélico es universal.
- Se hace en comunidad, cuando los discípulos están reunidos, y su anuncio inaugura una nueva comunidad.

A veces, la violencia, injusticias, miseria y la corrupción de la sociedad nos llenan de desesperanza, miedo y desaliento. No vemos salidas y nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros asuntos individuales y olvidamos del gran asunto de Jesús. De repente, Él irrumpe en nuestro interior, traspasa las puertas del corazón e ilumina el entendimiento para comprender que no nos ha abandonado, que sigue presente en la vida del creyente, en la comunidad y en el mundo.

Lo reconocemos actuando en muchas personas y organizaciones que luchan contra todas las formas de pecado que nos deshumanizan y alienan. El Espíritu de Dios sigue actuando en la historia aunque no lo percibamos porque lo hace en silencio.  Muchas veces no lo sentimos porque actúa en forma muy sencilla a través de gestos que pueden pasar desapercibidos. La prisa y preocupación diaria nos impide escucharlo y reconocerlo. Hay que procurar un tiempo de oración más profunda, tratando de escuchar las mociones que el Espíritu suscita en mí, en mi comunidad y en el mundo, en el compromiso del amor, de la atención a los pobres.


Oración
Dios nuestro, Espíritu inasible, Luz sobre toda luz,
Amor que está en todo amor, Fuerza y Vida 
que alienta en toda la Creación:
derrámate hoy de nuevo sobre toda la Creación 
y sobre todos los pueblos,
para que buscándote más allá
de los diferentes nombres
con que te invocamos, 
podamos encontrarte, y podamos encontrarnos en ti
unidos en amor a todo lo que existe.
Tú que vives y haces vivir,
por los siglos de los siglos.
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Lecturas Bíblicas en Lenguaje Latinoamericano - Pentecostés: Misa del día
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Hechos de los apóstoles 2, 1-11: 
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban,
y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. 
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas,
según el Espíritu les concedía que se expresaran.

Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. 
Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua. 
Todos quedaron muy desconcertados y se decían, llenos de estupor y admiración:
«Pero éstos ¿no son todos galileos?
¡Y miren cómo hablan! Cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa.
Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia,
de Frigia, Panfilia, Egipto y de la parte de Libia que limita con Cirene. Hay forasteros que vienen de Roma,
unos judíos y otros extranjeros, que aceptaron sus creencias, cretenses y árabes.
Y todos les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.»
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Salmo responsorial: 103 (104) 1, 24, 29-30, 31, 34
Bendice, alma mía, al Señor: ¡
Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
R./ Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Les retiras el aliento,
y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
R./ Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
R./ Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
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1Corintios 12, 3b-7. 12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Ahora les digo que ninguno puede gritar: «¡Maldito sea Jesús!» si el espíritu es de Dios; 
y nadie puede decir: «¡Jesús es el Señor!», sino con un espíritu santo. 

Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de obras, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos.
La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para provecho común.

Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, 
todas forman un solo cuerpo. Así también Cristo. Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formáramos un solo cuerpo, ya fuéramos judíos o griegos, esclavos o libres. Y todos hemos bebido del único Espíritu.
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Juan 20, 19-23: Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo. Reciban el Espíritu Santo
Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» 
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor. 
Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.»
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.»
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