sábado, 4 de abril de 2026

TOA - Domingo de pascua - Un misterio más allá Palabras - Juan 20, 1-9

Hechos de los Apóstoles 10, 34-43: Nosotros hemos comido y bebido con él después de su resurrección
Salmo responsorial: 117: R./ Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Colosenses 3, 1-4: Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo
Juan 20, 1-9: El había de resucitar de entre los muertos.
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El evangelio de Juan muestra a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús cuando “Todavía estaba oscuro”. Es preciso subrayar este detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. ella todavía permanece a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Cuando María Magdalena llega y halla vacía la tumba, entre asustada y emocionada corre presurosa hacia los apóstoles para contarles su sorprendente noticia. San Juan es el único relato donde los apóstoles se involucran directamente constatando que la tumba estaba vacía, y donde ni Jesús ni los ángeles están allí para orientarles sobre el significado de ese hecho.

El Discípulo Amado vio junto con Pedro los paños fúnebres dentro de la tumba, y él de inmediato se dio cuenta de lo que esto significaba: ¡Jesús había resucitado de entre los muertos!

Recordemos nuestra reacción al contemplar por primera vez un paisaje tan maravilloso que nos deja sin aliento: Nos emocionamos profundamente, sacamos cámara, y la usamos como queriendo captar la visión, la belleza, las emociones y la maravilla de esa experiencia. 

Pero al tratar de explicar a los amigos y amigas esa experiencia, incluso con las fotos, nos damos cuenta que es inútil, no podemos hacer que sientan la misma emoción. 

Entonces entendemos que cada experiencia de fe es única, ellos deben ver por sí mismos lo que vi, para que tengan una verdadera comprensión o apreciación sobre lo que les hablé. 
Por eso, es importante “estar” con la comunidad celebrando y renovando nuestra fe. 

Foto cortesía de BGC Photography
Para aquellos que no quieren entender, no hay palabras posibles que los convenzan, y para los que sí entienden, las palabras no son necesarias. 

Esa es la sensación nos produce la lectura del relato de la resurrección. Habla de un hecho profundamente misterioso. No somos capaces de captar el verdadero impacto que tuvo en los corazones de los seguidores de Jesús, ese primer día de Pascua. 

Los discípulos redescubrieron en Jesús el rostro de Dios y comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. 

La muerte no tenía poder sobre él. Había resucitado, estaba vivo. Y no podían sino confesarlo y "seguirlo", "persiguiendo su Causa", obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. Recordemos que este evangelio, verdadera gran noticia, es atemporal y así sigue siéndolo aquí y ahora. 

Foto Cortesía de Holy Family Parish, Labasa, Fiji Islands
En un sentido real, me siento reflejado por cada persona en esa historia, y debería tratar de meterme en la historia según lo narra San Juan hoy. ¿Soy como Magdalena, que anunció a los demás la noticia de la resurrección? O como los apóstoles que respondieron de inmediato corriendo hacia la tumba para ver por sí mismos. Como yo, tal vez no estás muy seguro de cuando escuchaste por primera vez acerca de la resurrección de Jesús, quizá lo mismo que yo, fue muchos años después, cuando lo experimentaste personalmente. Quizá como a mí, te vino en momentos de oscuridad y desolación, cuando clamaba a Dios por ayuda. Todos tenemos nuestros momentos que clamamos: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pero Dios no se olvida ni nos abandona, y la hora más oscura es justo antes del amanecer.

La mañana de Pascua la piedra estaba removida de la boca de la tumba. ¿Siento mi corazón como una tumba esperando una resurrección? ¿Identifico algo parecido a una piedra que me impide disfrutar la vida a plenitud? De repente es una adicción, una compulsión, un resentimiento o algún secreto oculto y oscuro que nunca he compartido con nadie. De repente estamos tan enfermos como nuestros secretos.

 El Papa Francisco bien lo dice, "Estamos llamados a ser personas de esperanza gozosa, no profetas del fin del mundo!” Gracias a la resurrección de Jesús, todos podemos tener alegría y esperanza, y salir a compartirlo con todo el mundo.

Creer en la resurrección era para ellos la afirmación contundente de la validez suprema de la Causa de Jesús, por la que es necesario vivir y luchar hasta dar la vida. Creer en la resurrección de Jesús es creer que su palabra, su proyecto, su Causa y su Reino expresan el valor fundamental de nuestra vida. Lo importante no es creer en Jesús, sino creer como Jesús. No es tener fe en Jesús, sino tener la fe de Jesús: su actitud ante la historia, su opción por los pobres, su propuesta, su lucha decidida, su Causa...

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la negación del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

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Domingo de Pascua - La Resurrección del Señor - Misa del día
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Primera lectura: Hch 10, 34a. 37-43
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
“Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea,
después del bautismo predicado por Juan:
cómo Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret,
y cómo éste pasó haciendo el bien,
sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de cuanto él hizo en Judea y en Jerusalén.
Lo mataron colgándolo de la cruz, pero Dios lo resucitó al tercer día y concedió verlo,
no a todo el pueblo, sino únicamente a los testigos que él, de antemano, había escogido:
a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de que resucitó de entre los muertos.

Él nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio
de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.
El testimonio de los profetas es unánime:
que cuantos creen en él reciben, por su medio, el perdón de los pecados”.
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Salmo Responsorial: Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23 (24)

Te damos gracias, Señor, porque eres bueno,
porque tu misericordia es eterna.
Diga la casa de Israel:
“Su misericordia es eterna”.
R. Éste es el día del triunfo del Señor. ¡Aleluya!

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es nuestro orgullo.
No moriré, continuaré viviendo
para contar lo que el Señor ha hecho.
R. Éste es el día del triunfo del Señor. ¡Aleluya!

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente.
R. Éste es el día del triunfo del Señor. ¡Aleluya!
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 Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Hermanos: Puesto que han resucitado con Cristo,
busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.
Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra,
porque han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios.
Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes,
entonces también ustedes se manifestarán gloriosos, juntamente con él.


O bien:
  1 Cor 5, 6b-8
Hermanos: ¿No saben ustedes que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?
Tiren la antigua levadura, para que sean ustedes una masa nueva,
ya que son pan sin levadura, pues Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado.

Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura,
que es de vicio y maldad, sino con el pan sin levadura, que es de sinceridad y verdad.
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Secuencia

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado,
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la vida,
triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?”
“A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Vengan a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos
la gloria de la Pascua”.

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
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Aclamación antes del Evangelio: 1 Cor 5, 7b-8a
R. Aleluya, aleluya.
Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado; celebremos, pues, la Pascua.
R. Aleluya.
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Evangelio: Jn 20, 1-9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro,
fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba.
Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba,
y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.
Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro
y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro.
Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús,
 puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó,
 porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras,
según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. 

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Oración

Dios eterno y bueno, nuestra fuente de origen y meta final, 
Llénanos de gozo en estas fiestas anuales de Pascua.

Renuévanos con tu palabra para sentir siempre
la gran alegría experimentada en la comunidad,
danos la energía y fuerza para ser 
mejores testigos y anunciadores de tu cariño por todos.

Ayúdanos a trabajar siempre 
para vencer a la muerte y hacer crecer la Vida, 
hasta que la experimentemos en su consumación plena. 
Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. 

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TOA - Domingo de Ramos, - Mt 26, 14-27. 66

Aceptando que Él estaba dispuesto a sufrir hasta la muerte para mostrarnos cómo nuestro Dios nos ama, Jesús revela su identidad como el Mesías y el Hijo de Dios; establece un nuevo tipo de monarquía basada en la aceptación de la voluntad de su Padre por encima de todos sus otros proyectos personales. Él es un rey que acepta sus limitaciones como ser humano, acepta y ama a todas las personas, especialmente a los pobres, lisiados y marginados. Hace de la acogida, el amor y la tolerancia su código de conducta y de gobierno.

Jesús nos da ejemplo de paciencia y fe en medio del sufrimiento; este sufrimiento que todos encontramos de un modo u otro en nuestro camino y es parte ineludible de nuestras vidas. A nadie nos gusta sufrir, y cuando nos toca vivirlo, unos le hacemos frente y lo superamos mejor que los otros que no lo aceptan como parte de sus vidas.

Él cargó con nuestros dolores y tristezas
Si realmente nos consideramos seguidores de Cristo, el texto de Isaías debería provocar una respuesta a la vez determinante y en paz desde el fondo interior de nosotros mismos. Estos textos del Antiguo testamento se aplican a Jesús, el Hijo único y amado de Dios que eligió libremente morir por todos nosotros. "Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan." (Is 53: 7).  

San Pedro nos dice que sin un sincero amor a Cristo, no somos verdaderos seguidores del Dios vivo. No podemos decir que lo amamos plenamente, hasta que no apreciemos y valoremos lo que él sufrió por nosotros. Para fortalecer nuestra fe, San Pedro nos recuerda que "Ustedes lo aman sin haberlo visto; ahora creen en él sin verlo, y nadie sabría expresar su alegría celestial al tener ya ahora eso mismo que pretende la fe, la salvación de sus almas." (1 Pe 1:8-9).

Después de escuchar el relato de la Pasión no es necesario explicar con gran detalle esos acontecimientos. Sí  debemos recordar que Cristo no fue ajeno a las dificultades, privaciones y sufrimiento, aún antes del día final de su vida. Siendo Divino, como dice San Pablo, del momento en que él vino a la tierra, Jesús se despojó de sí mismo, tomó la condición de esclavo y se hizo tan humano como nosotros (Fil 2, 6). 

Él, el gran Dios, sufrió las penurias de los pobres, a veces sin un lugar donde reclinar la cabeza. Soportó el hambre y la sed, y después de largos días presionado por la gente  en busca de salud, a menudo pasaba en los cerros muchas noches en oración.

A pesar de su compasión por todos los que venían a él, algunos lo odiaban y rechazaban, en especial los fariseos y sacerdotes, que planeaban matarlo. 
Este odio y el rechazo deben haber sido muy frustrante y doloroso para él. 
No es fácil ser rechazado por la gente del pueblo que se eligió entre todos los demás. 

¡Qué terrible debe haber sido la lucha interior de Jesús en el jardín de Getsemaní antes de enfrentarse a su muerte, que sus gotas de sudor se convirtieron en sangre y caían al suelo. Peor fue el saber que uno de su propio círculo de los doce le iba a traicionar; que la mayoría de los otros le dejaría; que incluso el leal San Pedro juraría tres veces que no lo conocía. Pero lo más terrible de todo era sentirse abandonado por Su Padre Dios, su espíritu interior se envolvió en una oscuridad que era el reflejo de la tenebrosa oscuridad que envolvería el Calvario cuando su fin se acercaba. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Mt 27, 46

Ese rostro tan cruelmente desfigurado era el del Hijo de Dios. La frente chorreando sangre, las manos y los pies clavados en la cruz, el cuerpo lacerado por los latigazos, el costado traspasado por la lanza: eran la frente, las manos y los pies, el costado del cuerpo santo de la Palabra eterna, hecha visible en Jesús. ¿Por qué tanto sufrimiento? Sólo podemos decir con Isaías: " Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados”. (53: 4-5).


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Lecturas en Lenguaje Latinoamericano  - Domingo de Ramos “De la pasión del Señor”


Procesión de las Palmas - Evangelio: Mt 21, 1-11
Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos.
Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión:
He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito,
hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!”

Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Éste es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.
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La Misa

Primera Lectura: Is 50, 4-7

En aquel entonces, dijo Isaías: "El Señor me ha dado una lengua experta,
para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento.

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia
ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”.
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Salmo Responsorial: Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 - (2a)

Todos los que me ven, de mí se burlan; 
me hacen gestos y dicen:
“Confiaba en el Señor, pues que él lo salve;
si de veras lo ama, que lo libre”.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los malvados me cercan por doquiera como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado
y se puedan contar todos mis huesos.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Reparten entre sí mis vestiduras
y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayudame,
no te quedes de mí tan alejado. R. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo;
glorificarlo, linaje de Jacob, 
témelo, estirpe de Israel. R. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
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Segunda Lectura: Flp 2, 6-11

Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse
a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres.

Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente
que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
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Aclamación antes del Evangelio: Flp 2, 8-9.

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Cristo se humilló por nosotros
y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
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Evangelio: Mt 26, 14–27, 66 

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo. 

El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús

y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”

Él respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice:

Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”.
E
llos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. 

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
“Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes
y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?”

Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme.

Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él;
pero ¡ay de aquel por quien 
el Hijo del hombre va a ser entregado!

Más le valiera a ese hombre no haber nacido”.

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?”
Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”. 

Durante la cena, Jesús tomó un pan y, pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman. Éste es mi Cuerpo”. Luego tomó en sus manos una copa de vino y, pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo: “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”. 

Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”. Entonces Pedro le replicó: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”. Pedro le replicó: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”. Y lo mismo dijeron todos los discípulos. 

Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos: “Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”. Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”. Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”.

Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. 

Dijo a Pedro: “¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”. Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”. Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo: “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”. 

Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal: “Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. 

Aprehéndanlo”. Al instante se acercó a Jesús y le dijo: “¡Buenas noches, Maestro!” Y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?” Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. 

Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús: “Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?” Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
“¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos?
Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron.
Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
 

Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. 

Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron: “Éste dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ ”. Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: “¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?” Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo: “Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”. 

Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?” Ellos respondieron: “Es reo de muerte”. Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas. Otros lo golpeaban, diciendo: “Adivina quién es el que te ha pegado”. 

Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio. Una criada se le acercó y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el galileo”. Pero él lo negó ante todos, diciendo: “No sé de qué me estás hablando”. Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí: “También ése andaba con Jesús, el nazareno”. Él de nuevo lo negó con juramento: “No conozco a ese hombre”. Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron: “No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”. Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo. Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’.
Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente.
 

Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo
celebraron consejo contra Jesús para darle muerte.
Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron.

Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé, entregando la sangre de un inocente”.
Ellos dijeron: “¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”.
Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
 

Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
“No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”.
Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero,
para sepultar ahí a los extranjeros.
Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”.
Así se cumplió lo que dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.
 

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. 

Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”. 

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz.
Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”,
le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber.
Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes,
y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito
la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’.
Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra.
Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”,
que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo.
Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes. 

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron
a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús,
al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.
 

Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. 

Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús,
y Pilato dio orden de que se lo entregaran.
José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo.
Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró.
Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
 

Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron: “Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”. Pilato les dijo: “Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia.

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O bien: Mt 27, 11-54

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran.

Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia. 

Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”. 

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran. 

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. 

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”. 

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes. 

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto

las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.
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OREMOS
Querido Padre, mientras reflexiono la narración de la Pasión, 
ayúdame a encontrarle sentido al sacrificio de tu Hijo.
Que al recorrer la historia de la pasión de tu Hijo,
 pueda ver revelado tu amor infinito por nosotros.
Que lo que encuentre en ella me ayude a afrontar mejor 
el sufrimiento, el fracaso y el rechazo.
Que pueda encontrar un mensaje de vida 
para que fortalecido pueda hacer frente a las dificultades de la vida de hoy.

Hermoso Dios, Padre nuestro, 
haz que el sufrimiento de Tu Hijo por nosotros no sea en vano.
¡Amén!

jueves, 12 de marzo de 2026

TOA - 5to. Domingo de Cuaresma - Yo soy Resurrección y Vida - Jn 11,1-45

La peor desgracia de un desplazado es morir lejos del paisaje familiar, de la tierra y suelo patrio. 
Duele más cuando los seres queridos muere en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre extraños. 

Yahvé habla por la voz del profeta Ezequiel y consuela al pueblo sufriente.
A los desterrados en Babilonia les reafirma
que los ha llamado a una existencia totalmente nueva.
El Espíritu de Yahvé reconstruirá su realidad, los pondrá de pie,
caminará con ellos en sus sueños y proyectos
y les dará la paz y la grandeza solo porque los ama demasiado.

Por ese amor, Yahvé abrirá los sepulcros de Israel y dará una nueva vida. 
Es una “resurrección” que deja atrás el destierro.
Es la esperanza hecha realidad con el retorno a su tierra. Este es un mensaje actual para muchos de nuestros pueblos que hoy para poner las esperanzas en Yahvé
y caminar del sufrimiento al gozo. El mensaje es un regalo que nos fortalece y anima.

La carta de Pablo a los romanos, es considerada su testamento espiritual.
El fragmento de hoy se relaciona con la 1ª lectura:
los cristianos tenemos el Espíritu que el Señor prometió desde los tiempos del exilio. 

Ya no somos de la “carne”: el pecado, el egoísmo estéril, o la codicia desenfrenada.
Somos del Espíritu y vivimos: en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio,
como Cristo, para eso Él nos dio su Espíritu plenamente, sin medida. 
Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios, cada día.

El evangelio presenta en la resurrección de Lázaro[1] (“Dios le ayuda”),
el último de los siete “signos” realizados por Jesús,
para manifestar “la gloria de Dios”.
Con su vida y obras, Jesús nos revela al Padre.
Su fe es confiada, lo muestra en la oración que dirige al Padre:
“Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”. Sabe que el Padre está con él y no le defrauda,
manifiesta esta confianza aun antes de hacer el signo.  
Según Juan, antes de enfrentarse a la muerte,
Jesús se manifiesta como Señor de la vida,
declara en público que Él es la resurrección y la vida,
que los muertos por la fe en Él revivirán,
que los vivos que crean en Él no morirán para siempre. 
La fe de los discípulos, pasa por un proceso de crecimiento. Lo muestra en los diálogos que tienen Jesús con   los doce y Martha y María.
Por su palabra y su propia fe en el Padre, Jesús los va conduciendo de una fe imperfecta a una fe más sólida y fuerte.
 La fe de Marta[2] y María[3] es más limitada, ellas lo reconocen y lo lamentan,
pero Jesús las lleva desde su limitación hacia una fe mayor. 

Marta sabe que su hermano resucitará al final de los tiempos;
pero Jesús rompe todas sus creencias al revelarle que ya es una experiencia real, presente y que actúa por medio de él:
“Yo soy la resurrección y la vida”. 
Esa experiencia presente y actuante se da en todos los que crean en él:
“El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. 
Jesús ayuda a Marta a dar el gran salto de fe cuando le pregunta: “¿Crees esto?”. 

En su respuesta: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. 
Juan pone en sus labios otra gran confesión de fe, su fe mayor. 
Resucitando a Lázaro, Jesús revela que “el don de Dios” sobrepasa los cálculos humanos, 
actúa incluso cuando ya no hay esperanza (“Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto”).  

Este “signo” culminante de Jesús derrama la gota que rompe la paciencia de los enemigos de Jesús, y
 por este milagro deciden matar a Jesús.
Quizá por eso se usa esta lectura el último domingo antes de la semana santa. 
Este hecho, anticipa y completa el signo máximo que es la resurrección de Jesús. 
Para nosotros “vivir es morir”, cada día que vivimos es un día que morimos, 
un día menos de vida, un día más de nuestra vida que termina. 

Confesando nuestra fe en Jesús nos hacemos sus discípulos y a todo discípulo que cree en Él,
le sucede hoy lo que le sucedió a Lázaro, encontramos vida nueva una y otra vez,
no hay que esperar al final de los tiempos para resucitar. 
La fe cristiana es un camino de vida y esperanza donde el Espíritu Santo, desde el bautismo,
nos identifica con Cristo que nos ha sacado de nuestras tumbas para que vivamos ya ahora como resucitados,
a pesar de no saber o no poder expresar bien aquello en lo que “creemos”. 
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Oración
Dios, Padre Universal,
a Ti que desde siempre inspiras en los seres humanos
el deseo de felicidad plena que triunfe
incluso sobre la muerte y que sea “eterna”;
te pedimos humildemente que nos ayudes a ser coherentes
con esta fuerza interior que habita en nosotros
y a procurar la felicidad con los medios más honestos
y por el camino que sea más beneficioso para nosotros y para quienes nos rodean.
En unión con todos los hombres y mujeres de todas las religiones,
nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro.
¡Amén!
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[1] Nombre derivado de Eleazar, (El=Yahvé y  Azar= ayuda) "Aquel al que Dios Ayuda" o "Aquel al que Dios socorre". Lázaro era amigo íntimo de Jesús que iba a su casa a descansar cuando viajaba a Jerusalén. Vivía con sus hermanas, Martha y María de Betania. Según el evangelio de San Juan, Jesús resucita a Lázaro después de 4 días de muerto. La tradición lo sitúa predicando hasta ser obispo de Marsella. Su Santo es el 17 de Diciembre.
[2] Marta, nombre femenino de origen arameo, que significa "señora". El evangelio describe a una Marta activa, comparada con el carácter más reposado de María. A Marta se la ve esperando al Señor y preparando las cosas que más le agradan; en la cena en Betania, Marta es quien sirve la mesa 6 días antes de la Pascua y en la resurrección de Lázaro Marta sale corriendo al encuentro de Jesús. Patrona de los hosteleros, lavanderos, escultores y del hogar. Su Santo se celebra el 29 de julio.
[3] María, nombre femenino de origen hebreo "maryam", su significado es "eminencia, excelsa, altura". 
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Lecturas en Lenguaje Latinoamericano para el Domingo 5º de Cuaresma, Ciclo A
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Ezequiel 37,12-14: Les infundiré, mi espíritu, y vivirán
Así dice el Señor: "Yo mismo abriré sus sepulcros,
y los haré salir de sus sepulcros, pueblo mío, y los traeré a la tierra de Israel. 
Y, cuando abra sus sepulcros y los saque de sus sepulcros, pueblo mío,
sabrán que soy el Señor. 
Les infundiré mi espíritu, y vivirán; los colocaré en su tierra
y sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago." Oráculo del Señor.
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Salmo responsorial 129: 
Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

 Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón, así infundes respeto. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra;
mi alma guarda al Señor, más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

 Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa;
y él redimirá a Israel de todos sus delitos. R.
R: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

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Rom 8, 8-11:
El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Hermanos: Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. 
Pero ustedes no están sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.  
Pues bien, si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. 
Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes,
el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también sus cuerpos mortales,
por el mismo Espíritu que habita en ustedes.
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Juan 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida
En aquel tiempo, Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo." 
Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella." 
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. 
Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea."

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
[Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros;
y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María,
para darles el pésame por su hermano.] 

Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús,
salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá."
 
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará." 
Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día." 
Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida:
el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá;
y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" 
Ella le contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios,
el que tenía que venir al mundo."

Jesús, sollozó y, muy conmovido, preguntó: "¿Donde lo han enterrado?"
Le contestaron: "Señor, ven a verlo." Jesús se echó a llorar. 
Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" 
Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?"
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quiten la losa." 
Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días." 
Jesús le dice: "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" 

Entonces quitaron la losa. 
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; 
pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado." 
Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera." 
El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: "Desátenlo y deéjenlo andar." 
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
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